miércoles, 19 de diciembre de 2012

Prólogo Lazos de Silencio




Lazos de Silencio



Prólogo



Sus piernas comenzaban a debilitarse lentamente; ya casi no le respondían. Ni siquiera sabía hacia dónde se dirigía; lo único que la impulsaba a seguir corriendo era la desesperación que fluía por sus venas y que invadía sin piedad todo su cuerpo. El sonido de los latidos de su corazón acelerado no le permitía escuchar nada más, era como una autómata escapando a través de las calles de la ciudad de Boston.
Las terribles imágenes que plagaban su mente no desaparecían, no importaba la distancia que recorriera, ni el camino que iba dejando atrás, no lograba deshacerse de ellas.
De repente el chirrido de un automóvil frenando a tan solo unos centímetros la hizo detenerse en seco. Las pulsaciones de su corazón comenzaron a aminorar la velocidad y en un momento hasta creyó que dejaría de latir. Personas desconocidas se amontonaron a su alrededor, algunas para cerciorarse de su estado y otras tan solo por morbosa curiosidad.
 Hablaban y vociferaban pero sus voces retumbaban en su cabeza como un eco lejano que se perdía en medio del bullicio, además estaba demasiado aturdida para entender lo que decían. Extendió su brazo intentando aferrarse a alguno de ellos pero unos segundos más tarde todo se nubló a su alrededor y su cuerpo exhausto cayó en medio de la calle.

Dos horas antes.

—¡Emma! ¿No has visto mis aros de plata? —Miranda hurgaba dentro del joyero de nácar que su madre le había regalado el día de su cumpleaños número quince.
—¿No están en tu joyero? —preguntó Emma desde la cocina.
Miranda cesó la búsqueda, evidentemente no los encontraría justo ahora que los necesitaba. Se resignó a no usarlos y se concentró en contemplar su apariencia frente al espejo antes de abandonar el departamento.
Llevaba su cabello ondulado negro azabache recogido en lo alto de la cabeza y apenas se había puesto un toque de rouge en los labios. El vestido de algodón en tonos de lila que caía suelto le sentaba de maravillas, delineando las curvas de su cuerpo. Se giró para comprobar que el moño en la parte baja de la espalda, que había enlazado sólo hacía unos instantes, seguía tan intacto como al principio.
Cuando volvió a quedar de frente al espejo, se encontró con la imagen de su amiga recostada en el marco de la puerta, quien la miraba con una sonrisita burlona instalada en su redondeado rostro.
—Realmente no sé qué tanto haces frente a ese espejo... sabes que Stephen está loco por ti... y aún lo estaría aunque te vistieras con una túnica larga que te cubriera de pies a cabeza.
Miranda se dio vuelta y le sonrió.
—Una mujer nunca debe presentarse ante el hombre que ama si no se siente lo suficientemente segura de su apariencia —afirmó saliendo de la habitación.
—¡Miranda... tú y Stephen se casan este fin de semana! —siguió a su amiga hasta la sala—. ¡No me dirás que no eres consciente de que lo tienes comiendo de tu mano!
Miranda recogió su bolso de tela, sin dejar de comprobar si las llaves de su auto y su teléfono celular estaban en su interior.
—¿Quieres que te confiese algo? —se colgó el bolso y tomó a su amiga de los hombros.
Emma asintió, estaba intrigada.
Miranda tardó unos segundos en responder, adoraba crear aquel toque de misterio a costa de la curiosidad de su amiga.
—Eso lo sé desde el primer día en que lo vi —le aseguró.
—¡Muy graciosa! —dijo Emma fingiendo enojo—. Sé que es inútil preguntar pero... ¿vienes a dormir esta noche?
Miranda arqueó las cejas y torció los labios, haciendo que el lunar que tenía cerca de la boca cobrara movimiento.
—No lo creo... no me esperes despierta, “mamá” —añadió mientras escapaba por la puerta antes que uno de los almohadones del sofá se estrellara contra ella.



Estacionó su Volvo azul frente al edificio en donde vivía Stephen, su prometido. Apagó el motor y acomodó un par de mechones de cabello que caían por los costados de su cara dándole un aire informal. Se bajó del automóvil, cerró la puerta y por último conectó la alarma. Echó un vistazo a su reloj de pulsera; eran casi las seis de la tarde y seguramente Stephen estaría descansando luego de un ajetreado día en el estudio de abogados en el cual se desempeñaba desde hacía ya casi tres años. Saludó con una sonrisa al portero del edificio y caminó los pocos metros que la separaban de los ascensores sin detenerse.
Se paró frente a la puerta del departamento y acomodó la falda de su vestido una vez más antes de entrar. Tenía sus propias llaves ya que Stephen había insistido siempre en que aquel lugar era tan suyo como de él. Abrió la puerta lentamente intentando no hacer ruido. Él no la esperaba y ella estaba ansiosa de verlo.
Atravesó la sala, agradeciendo que los tacos de goma de sus zapatos apenas resonaran en el suelo de linóleo.
Una melodía suave provenía de su cuarto. Seguramente estaría relajándose, echado en su cama y olvidándose por completo de otro tedioso día de trabajo en el bufete.
La habitación estaba en penumbras, apenas una tenue luz se filtraba por la ventana que daba a la calle. Se detuvo un momento antes de abrir la puerta y en ese instante la voz cariñosa de Stephen hizo que cambiara de idea. Él no estaba solo…
—¡Vamos, nena! ¡Sal ya del cuarto de baño… no me hagas esperar más!
Miranda se apoyó contra el marco de la puerta para no desplomarse y entonces el bolso cayó al suelo delatando su presencia.
Los ojos grises de Stephen se clavaron en la delgada figura de Miranda que seguía recostada contra la puerta apoyando todo el peso de su cuerpo para no desvanecerse.
—¡Miranda! —Se levantó de la cama de un salto cubriéndose con la sábana e intentando llegar hasta ella.
Ella no le dio ni siquiera esa oportunidad y salió corriendo dejando a Stephen de pie y semidesnudo junto a la puerta de su departamento. Él salió detrás de ella y cuando una de las vecinas se topó con él al borde de las escaleras, sólo lanzó una maldición, la cual pareció escandalizar más a la mujer que el hecho de descubrir a su vecino apenas cubierto con una sábana en medio del pasillo.
—¡Señora Reynolds!… ¿No vio pasar a Miranda por aquí?
La mujer se sonrojó cuando él le dirigió por fin la palabra.
—¿Que si la vi pasar? ¡Esa jovencita casi me tumba al suelo cuando se cruzó en mi camino! ¡Ni siquiera se dignó a saludarme! —respondió casi furiosa.
Stephen ignoró las quejas de la mujer. Se pasó una mano por el cabello, cerró los ojos y empezó a golpear una y otra vez la cabeza contra la pared.
—Maldición… ¿Qué he hecho?


Mañana 20 de diciembre a la venta!!!!

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2 comentarios:

Romina dijo...

Qué buen comienzo!!! quiero leerla ya... Pinta muy interesante...

Andrea dijo...

Qué bueno que te guste, Romi :)

Visita también...

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